La lucida mirada de nuestro colaborador se posa en esta ocasión en una realidad no por denunciada menos preocupante: el vergonzoso comportamiento de los bancos, y por ende de la sociedad que se lo permite, con las personas mayores. ¿Quién no ha vivido de manera directa o muy próxima la tiranía de este tipo de instituciones, obligando a «pasar por el aro» de la utilización de tarjetas y cajeros electrónicos o pagar comisiones, casi siempre abusivas? Y la situación se torna incluso más increíble vista la anestesia en la que parecen vivir los propios empleados de la banca, abocados más pronto que tarde a la salida de su empresa, o unos sindicatos parece que más preocupados de las subvenciones que de la defensa de los intereses de sus representados.
Ramón Castro Inclán
Edadismo: Discriminación contra personas por motivos de edad.
Ocasionalmente, para ser capaz de distinguir el sonido de la corriente del río, es necesario o bien tener un oído muy fino o acercarse prácticamente hasta la orilla, muy especialmente si estamos en las proximidades de un remanso. Sin embargo, no necesitaremos situarnos próximos si estamos ante alguna torrentera o no digamos en los alrededores de una cascada; el clamor de esas aguas bravas puede ser escuchada a muchos quilómetros.
El caso que nos ocupa es, ni más ni menos, un claro ejemplo de lo que ha dado en llamarse «edadismo». Sorprendentemente, en un momento en que el número de personas de edad avanzada se va incrementando como consecuencia de los avances de las ciencias médicas, parece que, una vez solucionadas numerosas causas de mortalidad, hay que tratar de hacer «la vida imposible a esos ancianos» que no hacen otra cosa más que estorbar. Estoy seguro de que a las personas de cierta edad esto les suena, sin necesidad de audífonos, como una catarata.
¿Y por qué decimos ahora que el río suena? La respuesta la tienen en cualquiera de las noticias de prensa radio y televisión que cada día nos sorprenden dando noticias de las «airadas» protestas contra los bancos, que, de ser los «honrados» guardianes de nuestros ahorros, que incluso nos «gratificaban» aplicándonos unos «raquíticos intereses» comparados naturalmente con los abusivos que aplicaban a nuestros créditos e hipotecas, han pasado a utilizar «descaradamente» nuestro dinero para hacer negocio a nuestra costa, sin ni siquiera intentar disimular lo más mínimo. Así, han dejado de pagarnos el «ridículo» interés a nuestros depósitos y, para colmo, nos cobran una importante «comisión de mantenimiento» por no hacer nada. Y, para colmo, por si no fuera suficiente, cualquier transacción que queramos hacer requiere la correspondiente cita previa a días y horas concretas que, salvo que lo hagamos todo nosotros mismos a través del cajero automático o el teléfono, va a venir acompañado de « la eterna comisión».
Como en la canción de Albert Hammond, «todo lo prometido se te olvidó»; es lo que ha ocurrido con las promesas iniciales con las que nos convencieron para domiciliar la nómina con la «garantía de supuestos beneficios» que muy pronto, a través de una carta, fueron relegados al «olvido» y sustituidos por todo tipo de verdaderas tomaduras de pelo. Me pareció especialmente patético el caso de esa persona que nos contaba en la televisión que, cada vez que va a retirar «su dinero», para disponer de efectivo, le cobran 2 euros por la operación.
De las «TARJETAS NEGRAS» a la estulticia sindical
Y a todo esto hay que añadir que el Gobierno «ha tenido a bien» utilizar nuestro dinero para «rescatar» a todos aquellos bancos que, por ignorancia en ocasiones, o por la carencia de escrúpulos de sus dirigentes en otras, fueron un desastre. Por si eso no fuera suficiente, ahora nos vemos obligados a contratar una tarjeta, por la que naturalmente nos cobran, para hacer compras de más de mil euros, con la disculpa de que se hace para «¿combatir el fraude?», olvidando los escándalos que, gracias a las tarjetas, han originado muchos dirigentes bancarios y algún que otro político; ¡qué poco se habla ya de la «trama» de esas maravillosas «tarjetas negras». Como no podía ser de otro modo, «nuestras tarjetas» son de colores perfectamente reconocibles. No hace falta ser un genio para saber que «todavía no han pillado» a ningún fraudulento a través de esta «ingeniosa» medida.
Estábamos esperando la airada protesta de los sindicatos, que están «aguantando el tipo» con total impasividad ante el cierre de cientos de sucursales bancarias, que llevaron asociadas miles de jubilaciones anticipadas y/o despidos puros y duros. Han afectado a centenares de empleados. Casualmente esta pasividad contrasta con las, a menudo, «violentas y agresivas manifestaciones» que cotidianamente nos muestran los medios de comunicación cuando se cierra o se pretende reducir la plantilla de cualquier empresa que va camino de la quiebra.
Y el río suena cada vez que alguien tiene que acudir a la sucursal del banco a retirar «su dinero», que le ingresan puntualmente cada mes y que no puede obtener cuando desea pues «La caja está abierta los martes y los jueves de diez a doce»; peor todavía, al sufrido pensionista le comunican que eso únicamente puede hacerse a través del cajero automático con la tarjeta y, con todo el descaro, se le informa que si no sabe no hay problema pues le pueden ayudar a hacerlo; eso sí, tiene que pedir cita y la persona que le va a recibir le acompañará a la caja y le explicará cómo tiene que actuar. Naturalmente, se entiende que a partir de entonces ya no va a tener que «acudir a molestar» a los empleados que, como es fácil de entender, ¿tienen cosas mucho más importantes que hacer? Claro que «no deben de ser tantas» cuando la norma es reducir la plantilla cada poco tiempo, «casualmente» a medida que «los tontos de turno», es decir, nosotros mismos, nos ocupamos de hacer ese trabajo por el que aun encima nos cobran comisión.
Es muy probable que esos empleados no se hayan dado cuenta (los sindicatos tampoco pues están muy entretenidos con las subvenciones, dado que afiliados cada día tienen menos) que tan pronto todos seamos capaces de hacer las operaciones, los van a despedir. Es evidente que si yo aprendo a hacer las transferencias, a ingresar el dinero a través del cajero y a ir «sacando» lo que necesite para ir a tomar una caña con los amigos o pagar todo, incluido el billete del autobús y el café, con la «tarjetita de colores», todas las personas que están cómodamente sentadas tecleando en el ordenador dejarán de ser necesarias y deberán buscar otro trabajo más gratificante. Por ejemplo, ponerse en la puerta del supermercado con el vasito en la mano o en la puerta de la iglesia con la manita, en este caso suponiendo que los que asisten a misa son más generosos y todavía llevan dinero en su bolsillo.
Trato despiadado de los bancos
Lo único que me sorprende de todo esto es que, a pesar de lo mucho que hemos criticado lo que sucedía en Alemania durante el dominio nazi, estamos viendo cómo a nuestros mayores se les está tratando «despiadadamente» por los bancos, sin que nadie tome cartas en el asunto. Me preocupa que los jóvenes vean tratar así a sus abuelos y miren para otro lado sin pensar que, algún día, también van a ser mayores. Los políticos, al fin y al cabo, están «tan ocupados» con el enorme esfuerzo que tienen que hacer contra sus adversarios que carecen de tiempo material para atender a estas menudencias. Además, por si fuera poco, al haber sido ellos mismos los causantes de estas y otras discriminaciones (edadismo), les resultaría muy violento tener que recriminar a los prepotentes bancos para defender a ese sector de la población. En realidad, lo que todos estamos pensando es que, probablemente, «en el fondo», los políticos, a la vista de sus últimas actuaciones en el Parlamento, consideran que «los ancianos» tendrían que desparecer «legalmente» para evitar que, como consecuencia de su longevidad, sean considerados «los culpables» del fracaso del plan de pensiones, el colapso de los hospitales, además se pasar el día dando la «tabarra» a los empleados del banco.
Me gustaría saber qué vamos a hacer todos los que hemos aprendido a hacer de todo el día que, como en el cuento del encuentro con la muerte de «Las mil y una noches», esta nos sorprenda intentando hacer esa transferencia a través del móvil o el cajero automático, ante la imposibilidad de hacerla desde un banco en lugar de encontrarnos, según lo programado, tranquilamente sentados en nuestro sillón favorito leyendo el periódico.
Naturalmente, siempre se encuentran excusas para tomar decisiones; nos han querido «vender» que estas «mejoras» se «implementaron durante la pandemia», que fue por tanto el origen de todas estas medidas para evitar «contagios», en especial de los ancianos por ser la más importante «Población de riesgo». De este modo, como valor añadido, se nos «vende» que así los «ancianos» van a mantener su salud libres de coronavirus o cualquier contagio, evitando acudir a los bancos. Se trata, ni más ni menos, de una perfecta puesta al día del archiconocido dicho castellano … Aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid… ¿Les suena?
En una época en la que por todas partes se insiste en lo importantes que son los emprendedores, ¿cómo es posible, a fecha de hoy, que casi no existan bancos que hayan decidido mantener vigente el sistema de atender al público «como antes»? ¿Existe realmente la competencia o también es un mito del pasado?
Afirmación final: La marcha atrás, al parecer, no es una modernidad.
Una duda muy razonable
¿Cómo es posible, a fecha de hoy, que casi no existan bancos que hayan decidido mantener vigente el sistema de atender al público “como antes”? ¿Existe realmente la competencia o también es un mito del pasado?